martes, 29 de diciembre de 2015

Tribuna Libre: El derecho a impedir


Juan López, hace unos años, compró un piso en un bloque de diez viviendas. Su piso era un primero derecha.
Hace dos años, después de darle muchas vueltas, decidió que tenía que vender el piso y marcharse. No sabía exactamente por qué, pero lo había decidido.
No era porque quien vive en los pisos de abajo siempre tiene más que aguantar. Ni porque había tenido que dejar de usar el ascensor por el mal olor que dejaban los perros de sus vecinos. Ni porque el vecino del quinto cogía frecuentes cogorzas y se pasaba toda la noche dando golpes en la pared, de forma que no había quien pudiera dormir en todo el bloque. Ni porque los demás dejaban que los problemas de la comunidad se amontonasen, a la espera de que a él le tocase, por turno, presidir la comunidad y fuese quien los solucionase. Al fin y al cabo a él no le costaba nada gestionar esos asuntos. No, pero tenía que irse, quería irse. Y no tenía por qué dar explicaciones. Que la decisión era cosa suya. Y que nadie podía impedirlo.
Él sabía, desde que compró el piso, que había unos Estatutos de la Propiedad Horizontal, donde quedaban claro cuáles eran los derechos y deberes de los propietarios, que él, si hiciera falta, renunciaría a todos sus derechos y que había cumplido todos sus deberes. Que él sólo quería marcharse. Además, estaba dispuesto a seguir ayudándolos en lo que hiciera falta.
Cuando se lo comunicó a sus convecinos se armó la marimorena. No podía ser. ¿Quién iba a llevar las cuentas de la escalera mejor que él? ¿Quién mejor que él para hablar con el concejal de barrios sobre el mal estado de las aceras? ¿Quién iba a apaciguar a los vecinos del cuarto cuando anduviesen otra vez a la gresca? Nunca se había quejado de nada. ¿A qué venía esto? ¿Quién se creía que era? Además, ¿a quién se le ocurría pensar vender un piso viendo como está ahora el mercado? Debería agradecerles que se preocupasen por él. Había que quitarle esa idea de la cabeza.
El vecino del tercero, el “enterado” de la escalera, enseguida puso los puntos sobre las íes: “Que todos tenemos derecho a opinar, y que los acuerdos adoptados por la mayoría de los propietarios obligan a todos, y que hay leyes que lo dicen, que lo sabe por su cuñado, así que está en manos de todos impedir que el vecino del primero lleve a cabo su determinación, y que convendría ir a hablar con un abogado”. Así que, si se empeñaba, que se fuese, pero el piso se quedaba ahí, claro! Que no se iba a vender. Todos estaban de acuerdo. Faltaría más! Y que ellos pondrían todo el cuidado para que no lo ocupasen inmigrantes o gitanos o esos que llaman antisistemas.
Sé que, Juan, como es natural, no estaba de acuerdo y la situación le parecía esperpéntica. Y, basta que insistiesen tanto, para que cada vez tuviese más claro que quería irse. Yo ya tengo mis dudas sobre las razones de los vecinos. No sé en qué quedó la cosa, pero lo cierto es que, cada vez que recuerdo la polémica, no lo puedo evitar, me viene a la cabeza Cataluña, y no sé si reírme, porque es muy serio, ¿o qué? Contra el derecho a decidir, el derecho a impedir, que dirían algunos ¿no? ¡Viva la libertad! Es la democracia.

José María Grúber 13638898

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