jueves, 23 de julio de 2015

Tribuna Libre: Ni dioses ni tribunos


Un reciente estudio revela que la mitad de los votantes de Podemos e IU no creen en Dios. No aclara el estudio si los votantes creyentes de PP, PSOE y Ciudadanos, que son mayoría, creen en el Dios de la Santísima Trinidad o, más bien, en el dios-dinero u otros dioses.
El histórico himno de la izquierda, la Internacional, afirma que “ni en dioses, reyes ni en tribunos está el supremo salvador”, entendiendo por tribuno a un “orador político que mueve a la multitud con elocuencia fogosa y apasionada” (Diccionario RAE). O sea, un piquito de oro, un encantador de serpientes o, simplemente, un charlatán. O, siendo más benigno, un político con poder de persuasión.
Las acampadas del 15-M, curiosamente, recuperaron la “vieja” conciencia que, durante décadas, los trabajadores y los pueblos, en general, tuvieron presente en sus luchas y organización. Todavía resuenan en nuestros oídos los debates, en aquellas interminables asambleas, sobre si había que elegir o no representantes o, simplemente, dotarse de meros portavoces: ninguna de esas posibilidades prosperó, “nosotros mismos realicemos el esfuerzo redentor”. Ni líderes ni, mucho menos, líderes indiscutibles.
La fiebre quincemayista, en esto como en otras muchas cosas, exageraba, pero apuntaba claramente en una dirección: todo el “aparato político tradicional”, basado en estructuras jerárquicas y piramidales, NO NOS REPRESENTA. Y esa corriente, esa necesidad de cambio, parece haber contagiado a todos los partidos, muy a su pesar de algunos. El que más o el que menos afirma que desea el cambio y que está tomando medidas, lanzándose al cuello de todo aquél al que se le coge en un renuncio.
En las últimas semanas, se ha sentado en el centro del debate mediático la polémica sobre la confluencia de Podemos, IU y los demás. Salvo algunas nimiedades sobre las incongruencias de la Alcaldía de Madrid, los ataques directos a Podemos han bajado en intensidad. Los medios “más abiertos”, generalmente proclives a favorecer al PSOE, tratan de encender el debate entre Pablo Iglesias y Alberto Garzón, dejando al descubierto las incoherencias y malos modos del primero, y la debilidad del segundo. La estrategia comunicativa es clara: desprestigiar a estos dos líderes y sus partidos, desanimar a quienes suspiran por el cambio, para conseguir que “vuelvan a casa” los votos socialistas perdidos y que todo siga igual.
En parte, es cierto que Iglesias y Garzón están dando pie a que se les critique. Iglesias porque actúa como un líder personalista e indiscutible, muy lejos de la filosofía del 15-M que dice haber asumido, y Garzón porque olvida que, durante meses, IU ha puesto siempre, como condición para la confluencia, que sus siglas deberían aparecer. El partido por encima de todo.
Ambos cambios de posición tienen su explicación tras los resultados electorales del 24-M. Podemos aparece muy lejos de poder llegar a gobernar, de “ganar” las elecciones generales, e IU porque ha visto las orejas al lobo de la desaparición. Podemos está cerrando filas para consolidarse como organización, para ganar en el futuro, pero no ahora, ejerciendo un control “democrático y férreo (¿?)” sobre sus candidatos; e IU porque, a falta de consenso interno, para el sector en que se apoya Garzón incluirse en alguna de las plataformas abiertas que se puedan crear es su única salvación.
¿Deberían Podemos e IU llegar a acuerdos antes de las elecciones? Por supuesto. Una mayoría de gente lo desea. Pero esa no es la pregunta. ¿Llegar a acuerdos sobre qué? ¿Sobre siglas y reparto de poder? No, sino sobre una forma distinta de hacer política, dicen ambos. De acuerdo. Pero ¿cómo entienden esa nueva forma de hacer política? Para Podemos se trata de alcanzar la unidad con la mayoría de la sociedad, no con los partidos que, al margen de los votos que obtengan, como organizaciones agrupan a una parte minúscula de la población, un millón, entre todos, menor aún si se trata de la izquierda minoritaria o emergente. IU, que se sepa, no llega a plantearse como imperiosa la necesidad de unirse con la gente, aunque se le pueda dar por supuesta.
¿Qué está haciendo Podemos para ser, efectivamente, una “herramienta al servicio de la gente”? ¿Cerrar filas en torno a su líder indiscutible? ¿Tienen las voces críticas surgidas en su interior alguna posibilidad de ser tenidas en cuenta? ¿Hay “vida ciudadana” más allá de internet? Como he dicho en repetidas ocasiones, creo que la izquierda consecuente debe hacer autocrítica y buscar fórmulas para recuperar el apoyo de la gente. Pero eso no se improvisa, después de tantos años de autismo, de creerse poseedores de la verdad absoluta, de tratar a la gente como ignorantes borregos seguidores de la televisión. Y va a llevar tiempo, incluso si nos esforzamos seriamente en conseguirlo. Entiendo la estrategia de Podemos de fiarlo todo a las próximas elecciones generales. Tienen, además, la disculpa de que ellos no marcan el calendario electoral y que la ocasión hay que aprovecharla. De acuerdo. Pero eso no está reñido con potenciar las asambleas de base, los círculos. Antes, al contrario, el éxito de su estrategia electoral pasará, siempre, por contar con unos círculos fuertes, protagonistas, decisorios. Si no, pasar del 15% va a ser difícil. Y ganar, ni por asomo. El último aviso serio de lo que puede pasar en el futuro inmediato es la abstención en sus recientes primarias. Es significativo que Pablo Iglesias, en su empeño por controlar el futuro grupo parlamentario, sólo incluya en “su” lista 65 nombres (el 18%), renunciando a luchar por los 285 restantes.
El reto que debe plantear Iglesias a Garzón (porque Podemos, en contra de lo que está pasando, debería llevar la iniciativa) es si, de verdad, está dispuesto a trasladar a la gente el poder de decidir sobre candidaturas, programa y funcionamiento futuro. Y buscar conjuntamente, colectivamente, cómo hacerlo. No como dioses ni tribunos. ¿Eso implica la necesaria desaparición de los partidos que pongan en marcha el movimiento? No. Antes al contrario, deberán ser los garantes de que dicho movimiento sea escrupulosamente democrático en su creación y desenvolvimiento posterior. Que el movimiento pase a ser el auténtico protagonista.
Aún hay tiempo, pero queda poco. Y el PSOE frotándose las manos. Y, por supuesto, el PP. Y una gran mayoría aferrándose a la incierta ilusión que la situación ha despertado. ¡Claro que podemos! Pero, en plural, y con pe minúscula.
Jose María Grúber 13638898

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